APUNTES SOBRE UN PROCESO ESCULTÓRICO
Jorge Palacios
De alguna forma, confieso que me siento afortunado porque mi trabajo como escultor y el día a día en contacto con el material me permiten crecer muy rápido; siendo, además, plenamente consciente de que no se trata de algo tan habitual que el ámbito de lo teórico y el de lo práctico vayan tan de la mano. En mi caso, el conocimiento de la madera me permite no limitarme a nivel expresivo a la hora de crear, dándome la libertad de poder trabajar en obras que puedan ser instaladas en espacios exteriores. La tecnología del material para mí es un medio que me permite alcanzar un fin, una herramienta sin la cual muchos de mis proyectos se verían limitados o en los que obtendría resultados distintos a los que como autor me he dirigido de antemano.
Por otra parte, entiendo el material con el que trabajo como un soporte que debe, en todo momento, adaptarse a la idea y al formato de cada obra y que no debe condicionar la plasticidad ni la expresividad. De hecho, siento la madera en mis manos como un material tan moldeable, por así decirlo, como el propio barro y que no me condiciona en ningún caso hacia unos determinados volúmenes o formatos sino que me permite la libertad de poder trabajarlo según los requisitos de cada proyecto.
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A través de estas líneas pretendo compartir algunas reflexiones y consideraciones teóricas acerca del proceso tecnológico de preparación del material que he ideado, comentando algunos resultados llamativos que hemos obtenido en los ensayos de laboratorio que hemos llevado a cabo y completándolos con otras ideas acerca de este singular proceso escultórico que he desarrollado en los últimos años.
Como escultor que trabajo con la madera como material para realizar mi obra, me resulta muy interesante fijarme y estudiar algunos ejemplos que, a lo largo de la historia, y no sólo de la historia del arte, ponen de manifiesto la perdurabilidad de la madera a lo largo del tiempo para así, de esta forma, poder extrapolar y sacar conclusiones que me permitan entender qué ha hecho que estas obras se conserven en la actualidad y que hoy día podamos disfrutar de ellas. Como ejemplo, me sorprende saber que se conserva expuesta en el Museo de Etnografía de Yekaterinburgo una escultura en madera del ídolo Shiguir que data del año 7500 a.C. También, me he encontrado ejemplos de construcciones en madera al aire libre, como la del templo japonés Horyu-ji, del año 670, declarado Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Por otra parte, los historiadores suelen considerar que la degradación que sufre una obra a lo largo del tiempo forma parte de la historia de la misma, pero también son conscientes de que con esta transformación se pierde parte de la información que el creador de la obra pretendía reflejar en ella. Personalmente, en mi obra me interesa mucho que esta información no se pierda; que el valor expresivo, artístico, de mis obras permanezca inalterable en la mayor medida posible. De hecho, ante varias maneras de concebir una misma escultura, con una misma intención expresiva, intento elegir el método más apropiado para que las curvas y tensiones de cada una de mis piezas perduren durante el mayor tiempo posible del mismo modo que cuando yo las concebí, sirviéndome para ello de la ciencia y la tecnología que tenemos a nuestro alcance.
