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JORGE PALACIOS, LO ESENCIAL Y LA CURVA

La obra escultórica de Jorge Palacios da cuenta de una disciplina de trabajo y de un conocimiento del oficio, concebido éste de forma honesta, al realizar personalmente el autor todos los procesos que implica la escultura. Esta manera coherente y fiel de trabajar, poco habitual en nuestros días, constituye un reto en sí misma, y dota a las esculturas de Palacios de una identidad e impronta propias de la obra que no ha pasado por la industria, sino por unas únicas manos.

El proceso creativo de una escultura resulta complejo; Palacios define y proyecta en su mente todos los detalles de la futura escultura, sus curvas, tensiones, proporciones y volúmenes, no comenzando a trabajar el material hasta haber definido completamente la obra. Una vez concebida ésta, la ejecutará fielmente sin cambiar ni uno sólo de los matices iniciales durante el largo y metódico proceso de realización.

La abstracción planteada por Palacios surge de una atenta observación de la naturaleza en la que predomina lo curvo y no existe, matemáticamente, una sola línea recta; las curvas de sus volúmenes nos remiten a estas formas orgánicas naturales y a las entrañas de nuestro propio organismo.

El escultor dialoga con el material, de por sí orgánico, investigando y explotando las posibilidades que éste le ofrece y que él desea compartir. Así, la posibilidad de disfrutar de una escultura a través del tacto, concepto tradicionalmente censurado en el mundo del arte, es planteada por Palacios siempre de una forma lúdica.

En su creación artística, Jorge Palacios reflexiona constantemente sobre las estructuras subyacentes en la imaginación y la percepción e investiga acerca de las interacciones que pueden darse entre las formas de una escultura y el comportamiento humano.

La influencia de la música jazz en sus volúmenes resulta a su vez patente, aún más cuando las curvas y tensiones que expresan sus esculturas sugieren, de la misma forma, la contención y estallido de emociones que caracteriza a las improvisaciones jazzísticas.

La obra de este escultor, generada por su propia necesidad expresiva, puede provocar, a quien la observa, momentos de introspección y de reflexión. La contemplación del ritmo y la tensión de sus curvas invita a sentirse, a percibirse uno mismo en lo orgánico, lo envolvente, lo relajado y lo sereno que hay en cada uno de nosotros. Frente a la violencia de aristas y vértices, la agresividad fácil y el impacto de una sociedad marcada por el stress y la competitividad, la contemplación de sus piezas nos devuelve a lo esencial, al ritmo natural de las cosas.

Esta diversidad de interpretaciones y matices, tantas como espectadores observan la obra, es un valor añadido a la escultura de Palacios, que no busca, en ningún caso, dotar de significados cerrados y limitadores a sus esculturas, aunque el artista tenga una personal visión de las mismas, ni mucho menos generar respuestas predeterminadas y unidireccionales en quienes las observan.

Escultura urbana en madera de iroco para exteriores

Sus piezas escultóricas se encuentran perfiladas y condensadas hasta la esencia misma de la idea. Su rigor y sencillez le hacen ir a lo esencial, haciendo buenos dos principios válidos para todo racionalista; el minimalista en el que “la máxima expresividad se alcanza a través de la mínima expresión” y el que propugna que “lo que cuenta no es lo que se pone, sino lo que se deja de poner”.

La obra de Palacios consigue, con un gesto concreto, expresar sentimientos y emociones que llegan de forma directa y franca a quienes la observan, y en la que se cumple la propia máxima del escultor, que la sencillez conduce a lo esencial.